La Real Sociedad ganó la final de la Copa del Rey más larga de la historia. Un año después sobre las fechas previstas, la cuadrilla de Imanol Alguacil levantó el trofeo al cielo de Sevilla. No fue un título más, no. Fue un título ante su máximo rival, un derbi en toda regla, de los que no se olvidará en muchos años, quizás nunca, en ninguno de los dos bandos, ni para lo bueno ni para lo malo.

El partido empezó con miedo, con nervios y con el diluvio universal, como si el tiempo norteño hubiera querido hacer también su particular homenaje a esta finalísima vasca. Esa mezcla provocó que durante el primer cuarto de hora apenas se viera fútbol. Los dos equipos tenían claro su plan de juego, pero en ese momento no había manera de llevarlo a cabo. El Athletic presionaba más, una de sus señas de identidad desde la llegada de Marcelino al banquillo rojiblanco. La Real quería apropiarse del balón, pero sin arriesgar lo más mínimo cuando el cuero estaba en su poder. El caso es que ambos tenían miedo a que un fallo fuera del guión decantara la final a las primeras de cambio y el espectáculo se resentía.

Pero fue escampar, y el fútbol empezó a aparecer sobre el césped de La Cartuja. Cada uno con sus virtudes. En la Real entraba en juego David Silva y el panorama se aclaraba hasta generar varias llegadas que hicieron trabajar a destajo a los dos centrales del Athletic, Yeray e Iñigo Martínez. En el otro bando, se echaba de menos la aparición de Muniain, el faro que da luz al juego de los de Marcelino en la mayoría de los partidos. Williams, Raúl García, Berenguer… acosaban y atosigaban a la zaga realista, pero faltaba algo. Ese algo que suele poner el capitán, pero no terminaba de entrar en juego.

La jugada más clara de la primera parte tuvo como principal protagonista a Iñigo Martínez. Al filo de la media hora, un saque en largo de Unai Simón lo controló el central cerca del área de Remiro y se sacó un latigazo que fue desviado a duras penas por las manoplas del meta donostiarra. No es la acción que se espera de Iñigo, peligroso en el juego aéreo, pero inhabitual en una acción de ese tipo. No fue gol, pero fue lo más cercano a abrir el marcador que vimos en la primera parte.

Estaba claro que nadie quería pasar a la historia de esta final por haber fallado y haber dado en bandeja el título al eterno rival. Los pases se medían al milímetro, los riesgos se minimizaban al máximo y los 22 contendientes estaban muy pendientes de no cometer el más mínimo desliz fatal. Así que se llegó al descanso con ese 0-0 que mantenía la emoción y a ambos equipos probablemente contentos con el plan que estaban llevando a cabo. Lo principal era desactivar al rival y ambos lo estaban logrando casi al cien por cien. Las emociones fuertes se reservaban para la segunda parte del choque.

Y estas empezaron casi de inicio en la reanudación. En una de las primeras jugadas el VAR estuvo un buen rato dilucidando si una mano de Iñigo Martínez era dentro o no del área. Tras un par de minutos de incertidumbre, la tecnología sacó la infracción fuera del área. Estaba claro que nuestro nuevo amigo, el videoarbitraje, no iba a pasar desapercibido en esta final. Así, al cuarto de hora, un maravilloso pase de Mikel Merino dejó solo a Portu en el mano a mano. Iñigo, otra vez él, le derribó. Penalti y expulsión… hasta que el VAR, otra vez cuatro minutos después y previa consulta al monitor de Estrada Fernández, mantenía la pena máxima, pero rebajaba la pena al central a amarilla. Oyarzabal no perdonó desde los once metros. Para el Athletic, al menos, el reto de buscar el empate era con once sobre el campo. El VAR ya había tenido su momento de gloria.

El Athletic acusó el golpe durante unos minutos. Todas las finales son importantes, pero esta aún más para los dos equipos y verse abajo en el marcador hace temblar a cualquiera. Así, la Real, por un momento, pareció adueñarse del juego además del marcador. Sin embargo, desde la llegada de Marcelino los rojiblancos han tenido que echar mano más de una vez de toda su garra y carácter para revertir resultados adversos. Desde luego no estaban dispuestos a regalar la copa así como así.

El tiempo corría, como es lógico, a favor de los de Imanol, que veían como pasaban los minutos y Álex Remiro no pasada apuros. Más bien todo lo contrario. Pocas llegadas de los leones y la final que tomaba color blanquiazul.

El Athletic, con la entrada de Villalibre, quiso ganar en presencia en ataque, pero le costaba un mundo meter miedo. La Real, más allá de la tensión y los nervios de aguantar el 0-1, veía cómo el trofeo estaba cada vez más cerca de San Sebastián. Además, se intuía un tiempo añadido considerable. Quedaba tela por cortar. Y mucha. Ocho minutos de prolongación, nada menos.

Pero esta final tenía color blanquiazul y ni el achuchón postrero del Athletic iba a cambiar el marcador. La Real ganaba la final de Copa más importante de su historia.